Dulces sorpresas sonorenses

Por Laura van Hoff

Estoy casi segura que la frase que más usé durante mi reciente viaje a Sonora fue: “Wow, ¿en serio?” Para el que visita a Sonora por primera vez hay una sorpresa alrededor de cada esquina, y hay razones de sobra para regresar una y otra vez. En Álamos, la calidez y la alegría de su gente, la autenticidad de este pueblo colonial de calles empedradas y la estrella de la película, el hotel boutique de lujo Hacienda de los Santos, me robaron el corazón a primera vista.

En San Carlos, el drama de los picos volcánicos descendiendo al mar azul me tentó a explorarlo más de cerca por bote, y lo que descubrí me dejó sin aliento. Una vez más, quedé tan sorprendida como encantada. Y ni hablar del museo de arte en el modesto pueblo de Hermosillo, tan increíble que estoy loca por volver simplemente por ver qué nueva exhibición traerá el director que con tanta pasión lo cuida. Inevitable el “wow.” En triplicado.

Los destinos sorprendentes son mucho más divertidos si no tienes ni idea de los muchos tesoros que encierran. No quiero dañarles la sorpresa, pero es que… Realmente se los tengo que decir. Sonora ofrece unas delicias muy particulares, y es un destino que está loco por darles la bienvenida con un gran abrazo.

 

 

 

Alamos

La calidez de Álamos y su gente

El pueblo de Álamos es una joyita colonial, comparado muchas veces con San Miguel de Allende, sólo que en una versión más pequeña y más tranquila, estilo los días antes de que San Miguel se llenara de tantos visitantes. Escondido en la región más sureña del estado de Sonora en las faldas de la Sierra Madre Occidental, Álamos tiene una cierta gracia, esa que proviene de tener un pasado adinerado y rico en cultura. Fueron las minas de cobre y de plata que derramaron sobre Álamos una riqueza incomparable en aquéllos tiempos. El pueblo en sí fue diseñado por los conquistadores españoles, quienes buscaban recrear su ciudad natal de Andalucía. Hoy en día retiene la imagen de un pueblo mexicano de ensueño, y es considerado un Monumento Histórico Nacional (también la UNESCO lo está considerando para la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad.)

La entrada al pueblo, con sus estrechas calles empedradas, da paso a una plaza con un pequeño parque en el centro y una catedral clásica a un lado. El pueblo es compacto y fácil de caminar, y contiene todo lo que uno puede desear: portones de hierro forjado encajados en altas paredes de adobe, permitiendo atisbar jardines privados y el encantador mundo que les rodea; vendedores ambulantes anunciando deliciosos manjares; niños felices jugando aquí y allá; ciudadanos amables en cada esquina; restaurantes para pasar la tarde y un hotel del cual jamás querrá salir.

Álamos parece estar lleno de personas felices. Te darán una cálida bienvenida a dónde quiera que vayas y hay niños de todas las edades corriendo por doquier. Se palpa una vitalidad innegable.

Hacienda de los Santos

La Hacienda de los Santos ofrece un hermoso santuario para retirarse del mundanal ruido. Detrás de sus muros de adobe auténtico encontrará fuentes, estatuas contemplando su imagen en albercas forradas de azulejos, jardines que son una explosión de perfume y de color, un spa suntuoso, un espacio para golf y más. Afuera, las chimeneas al aire libre rodeadas de cómodos sillones ofrecen espacios privados para estar solos, leer un libro o simplemente disfrutar de la tranquilidad del lugar.

Las múltiples salas de estar, también dotadas de chimeneas además de juegos de mesa y libros, te dan la impresión de que estás de visita en casa de un buen amigo. A uno se le pueden pasar los días descubriendo la impresionante colección de arte y objetos históricos que llenan el lugar: un ángel flotando por encima del lintel, un soldado a caballo supervisando la regadera… Hay sorpresas por doquier.

Los dueños, Jim y Nancy Swickard, originalmente de los Estados Unidos, han creado un oasis en el corazón del tranquilo (y muy seguro) pueblo de Álamos. Durante los pasados 24 años le han dado una cálida bienvenida a huéspedes locales, dignatarios de alrededor del mundo, pilotos (tienen un hangar privado y un club súper cool para los pilotos) además de viajeros de los Estados Unidos y demás puntos del globo terráqueo. Es uno de esos lugares que te enamoran perdidamente desde el primer momento, y al que quieres regresar una y otra vez.

Cada una de las 9 habitaciones y las 14 suites de la Hacienda han sido decoradas personalmente por Nancy y su exquisito gusto por la buena vida. Cada habitación tiene como mínimo una chimenea, y las suites tiene dos o tres. Hay un total de 60 chimeneas en la propiedad, la mayoría en estancias íntimas disponibles para los huéspedes o en las salas de estar compartidas. Los tradicionales y vivos colores mexicanos agradan la vista, y los cómodos muebles hacen contrapunto con sus tonos tierra. Todas las habitaciones tienen paredes de adobe y hermosos detalles arquitectónicos como techos con vigas, pisos de cantera, enormes puertas de madera y mucho más.

Los dueños contrataron artistas y artesanos locales para restaurar y crear cada rincón de esta magnífica hacienda. A cada vuelta de cada esquina encontrarás una sorpresa encantadora. Dos túneles con techos en forma de arco conectan las diferentes áreas de la propiedad, convirtiendo hasta la ida a la habitación en una aventura. Las paredes del túnel de ladrillos está colgadas con cuadros enmarcando galardones y artículos escritos acerca del hotel, un recordatorio de que este nuevo amor que sientes lo compartes con un sinnúmero de personas muy reconocidas.

Este cálido túnel color ocre está iluminado por recuadros de luz y es tan divertido que hasta te alegras al darte cuenta de que olvidaste algo en tu habitación y te toca pasar por él unas cuántas veces más. Te sientes como si estuvieras en una versión clandestina de Alicia en el País de las Maravillas… es una deliciosa sorpresa salir en cualquiera de las dos direcciones. Un elegante puente cubierto de brillantes buganvillas moradas te conecta con las áreas comunes del hotel: los restaurantes, la cantina y el teatro.

El spa, un espacio íntimo y tranquilo escondido tras una pared de adobe en una esquina de las instalaciones, ofrece un menú completo de tratamientos tradicionales. Los precios son razonables y las cabinas son adorables.

Casi todas las noches hay música romántica de guitarra en vivo para los huéspedes. Para eventos especiales y grupos los hoteleros organizan una presentación del Ballet Folklórico (un grupo de 40 artistas de la Universidad de Sonora), de La Estudiantina (un grupo de 15 jóvenes vestidos en trajes españoles del siglo 18 que cantan y bailan) o de un trío que canta música española acompañado de guitarras.

La Hacienda de los Santos ha recibido un caudal de galardones, incluyendo artículos en Architectural Digest y AOPA Pilot (una revista con audiencia de 350 mil pilotos sólo para el club y los aviones privados), y de parte de los Trip Advisor Awards 2012 fue nombrado Top 25 Traveler Award Hotels of Mexico (#12) y Top 25 Traveler Relaxation/Spa Hotels of Mexico (#4). Además es un miembro por excelencia de la prestigiosa colección de Hoteles Boutique de México.

Este hotel es una labor de amor creada por los Swickards, quienes compraron la hacienda de 300 años en 1989, y la combinaron con varios otros edificios para crear el complejo que existe hoy en día. Su pasión por Álamos es tal que ambos han recibido galardones de parte de la entonces Gobernadora del estado de Arizona, Janet Napolitano, y el Gobernador de Sonora, Eduardo Bours, por su labor humanitaria en Sonora. Han recibido además el Premio Álvaro Obregón, la primera vez que fuera otorgado a personas extranjeras. Con tan sólo caminar por la Hacienda se palpa el hecho de que estos dueños han invertido el alma y el corazón en su inmueble y en la comunidad que le rodea.

Para eventos en grupo existe una instalación al lado del aeropuerto que puede acomodar hasta 100 invitados en un espacio interior y exterior. El hotel puede hacer arreglos para agasajar a los invitados; además, hasta 20 de ellos pueden llegar al evento a caballo. También tienen un divertido autobús para los que prefieran llegar sobre ruedas.

Las cenas privadas son una especialidad, organizadas en cualquier rincón de los jardines, en tu patio privado, en el comedor colonial, en el área bajo techo al lado de la cantina, en un recoveco con chimenea o, cuando el tiempo lo permite, en el Treetop Grill, un comedor privado en el techo con todo y barra.

El muy atento personal está al pendiente de encender las chimeneas y asegurarse de que la leña no falte. En mi caso, le pedí al encantador Mario si podía prender la chimenea en mi suite justo antes de mi regreso de la cena, para que mi hermosa suite se viera tan preciosa como la de una reina. El personal es muy complaciente, y lo cumplen todo con la gracia y la calidez típica de los sonorenses.

Los precios en la Hacienda de los Santos fluctúan de los $155 a los $950 USD dependiendo de la época del año, e incluyen el desayuno. Se puede añadir un plan de alimentos por $45 USD por persona por día para disfrutar de los encantadores restaurantes, escogiendo de un menú abierto. Todas las habitaciones son primorosas, así que no importa la categoría que escojas, siempre sales ganando. Yo me hospedé en la Suite Presidencial, mi suite favorita de todas, con cuatro chimeneas (en la recámara, la sala de estar, el baño y en la galería), dos hermosos baños, techos con vigas, pisos de cantera y una enorme y romántica cama King.

Los restaurantes de Álamos

Hacienda de Los Santos

Aquí puedes disfrutar de tres opciones divinas para la comida. El Agave Café es un área casual repleto de piezas de arte de gran colorido y adornos mexicanos por todas partes. Santiago’s Restaurant es más formal y romántico, con varias chimeneas, algunas con una mesa para dos al frente, y salas pequeñas con arcos que abren al patio, pinturas en marcos dorados y un aire apacible. El patio tiene varias mesas acomodadas bajo los portales o entre las plantas florecidas en el jardín, donde te acompaña del murmullo de la fuente.

La sopa de chile verde es tan deliciosa como se ve. La sangría viene en un vaso donde lucen las capas de fruta y también es hermosa y riquísima. La encantadora cantina contiene la increíble y muy codiciada colección de tequila de Jim con más de 500 botellas a su nombre. ¿Qué te parece un caballito de un tequila que sólo encontrarás aquí por el módico precio de $300 USD? No hay que preocuparse, que también encontrarás delicias por sólo $3.00 USD por caballito. Si te interesa explorar esta colección y aprender un poco más acerca de esta bebida Jim puede organizar una degustación de tequila además de un curso de 90 minutos acerca del origen, la creación y la cata del tequila.

Los Swickards siempre han tenido un compromiso con la comunidad, por lo tanto, todos los cocineros y los chefs en la Hacienda de los Santos son de Álamos y aprendieron su arte de chefs profesionales de Santa Fe, Tucson y la Cd. de México. En la alegre cocina de azulejos verdes también dan clases de cocina por arreglo previo.

Qué hacer en Álamos

Un festival de música a nivel mundial, una exhibición de plata, avistar aves y mucho más

En Álamos se celebra un festival musical tan especial que cada año atrae a personas de alrededor del mundo. El Festival Cultural Alfonso Ortiz Tirado toma lugar cada enero y ofrece de todo, desde ópera hasta salsa. La fiesta se extiende desde el hermoso teatro de la catedral hasta las calles empedradas. Los músicos ofrecen su arte alrededor del pueblo desde lindas o, simplemente, entretienen a su público en las esquinas.

Uno de los eventos más divertidos es seguir a un burro cargado de vino que se pasea por todo el pueblo, acompañado por una cadena de fiesteros que lo alcanzan de vez en cuando para rellenar sus copas. Es un grupo sorprendentemente tranquilo y amigable si se toma en consideración la cantidad de vino que fluye y la presencia de un burro. Los mejores músicos de México se dan cita en Álamos para este festival, y el pueblo entero toma parte. Las calles se llenan de puestos con artesanías y los vendedores de comida callejera hacen su agosto. Todos la pasan muy bien. Si quieres venir tú también a divertirte en el festival, aconsejamos separar una habitación temprano porque todo se llena.

En febrero toma lugar una exhibición de plata muy reconocida en la Hacienda de los santos. Maestros plateros de alrededor del mundo se dan cita aquí para exhibir y vender su arte.

Si deseas explorar lo que se encuentra tras las altas paredes que esconden las casonas donde residen los extranjeros y los residentes locales, puedes hacerlo los fines de semana cuando se ofrecen tours de las casas y los jardines. Los arreglos para disfrutar del tour se hacen en la oficina que se encuentra en la calle principal del pueblo.

El área también es muy reconocida entre los que avistan aves por la increíble cantidad de plumíferos que aquí se encuentran. El Pedregal puede ayudarte a organizar una emocionante expedición.

 

Alamos para Pilotos

Hacienda de Los Santos es el cielo en la tierra para los pilotos

La Hacienda de Los Santos es muy popular entre los pilotos por una muy buena razón. Tiene su propio hangar en el aeropuerto de Álamos, en donde caben de 12 a 14 avionetas. La capacidad de la rampa es de unas 50 naves. Los Federales tienen un puesto de seguridad justo afuera de las puertas del hangar, haciéndolo un lugar en extremo seguro donde dejar tu nave.

El aeropuerto en sí es excelente y moderno, con una pista pavimentada de 5,000 pies de largo, legal para aviones hasta del tamaño de un Falcon 20 o Lear 45. La torre de control utiliza la frecuencia “Unicom” para los aviones entrantes. Este es el hogar del Club Pilotos (www.clubpilotos.com), encabezado por Jim Swickard. El hotel organiza eventos para pilotos de alrededor del mundo tres veces al año, una ocasión muy popular con muchos clientes repetidores.

¡Diversión en la Hacienda!

Film Festival Fantastico

                                                                   www.festivaldecinealamos.org

 

La vida es un viaje

El miedo a México

 

¿Es seguro viajar a México?

 

Judith Fein de Life Is a Trip

 

“¿Vas a México?,” me preguntaban mis amigos. “¿Qué no sabes la violencia que ocurre en ese país y cómo están matando a la gente en las calles?”

 

Para efectos de transparencia permítanme decirles que no sufro de deficiencias cuando de miedo se trata. No me atrae para nada la idea de que alguien cuelgue mi cabeza sin cuerpo de un poste. Y menos que me encuentre un grupo de niños locales metida dentro de una bolsa negra de basura doblada en posición fetal y sin pulso.

 

Entonces, ¿por qué me atrae ir a México? Amigos, les invito a que lean a continuación…

 

En la primavera del 2011 fui a Ixtapa y a Zihuatanejo. ¿Problemas? Los tuve. Y es que no me podía decidir entre un sabor de margarita o el otro. En octubre del año pasado fui a Chiapas y a Tabasco. ¿Peligré? Pues sí: peligré de no querer presentarme a mi vuelo de regreso. Además—y lo cuento con carne de gallina—acabo de regresar de Sonora, México. Puedes llegar ahí manejando desde Tucson, Arizona. Y tienes que cruzar la aterradora frontera.

 

En esta ocasión recibí tantos correos electrónicos despidiéndose de mi en el plano terrenal que decidí investigar un poco. Fui a platicar con la policía en Álamos, un encantador pueblo colonial estilo andaluz. De hecho, habían tres policías parados en el medio de la calle durante uno de los festivales de música más grandes del mundo en honor al Dr. Ortíz Tirado.

 

Cuando la audiencia salió del edificio luego de disfrutar de una presentación de la ópera se pusieron a seguir unos músicos disfrazados en un desfile que llaman “callejoneada,” durante la cual se sirven vino cargado por un burro y todos disfrutan a plenitud. Luego se desplazaron al otro lado de la ciudad, en dónde los locales estaban bailando al ritmo de un grupo musical puertorriqueño.

 

“Qué tal su trabajo, ¿es muy peligroso?” le pregunté a los oficiales.

 

Me miraron como si acabara de bajar de la luna.

 

“Sí. Es muy peligroso… pero por aburrido,” dijo uno con una sonrisa. “No tenemos nada que hacer. Me gustaría poder bailar.”

 

Ese día le escribí a todas mis amistades que no dejaran de planificar sus vidas por esperar la fecha de mi funeral.

 

A la mañana siguiente me deslicé entre los fiesteros vestidos con zancos y máscaras para hablar con Joaquín Navarro, el alcalde de Álamos, quien además es doctor.

 

“¿Es muy peligroso vivir aquí?” le pregunté.

 

Se echó a reír. Es un político muy reconocido y no tenía ni guardaespaldas ni estaba armado. Ofreció llevarme a visitar una casa encantada. Según él eso sí era peligroso.

 

En la hermosa Hacienda de los Santos, en dónde me hospedé, también corrí peligro de fijarme demasiado en la colección de arte mexicano, de que se me fueran los ojos con tanta joyería de plata fina y de comer demasiado sentada en los portales con vista al precioso jardín. A mi lado estaba sentado un hombre de negocios muy adinerado, maravillado que su excelente cena a cinco tiempos con filete mignon sólo le costara $27 USD.

 

Así que ahí lo tienen, amigos. Aún traigo la cabeza pegada al cuello. Regresé a mi casa con una maleta llena de artesanía. Y aunque sí hay algunas regiones de México que ciertamente no visitaría en estos momentos, no dudaría en darme un viaje al resto de México en un santiamén. Es más, en medio santiamén.

 

Y mientras escribo aquí sentada envuelta en un lanudo suéter rojo, corro el peligro de arrancármelo de un jalón y salir corriendo de vuelta al calorcito acogedor de Sonora.

 

Todas las fotos son de Paul Ross

 

Judith Fein es una galardonada periodista de viajes que ha escrito para más de 100 publicaciones. Es la autora del aclamado libro LIFE IS A TRIP: The Transformative Magic of Travel. Algunas veces se lleva compañeros de viaje. Su sitio en la Red es www.GlobalAdventure.us.

 

 

 

 

Mike Heraty’s take on Alamos


Alamos, Sonora, Mexico and Pagosa Springs

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This blog entry will not have much to do with real estate. If you want or need specific real estate data or assistance, drop me an email at MikeHeraty@frontier.net, or call me at 970 264-7000.

ALAMOS, SONORA, MEXICO

I recently returned from a trip to northern Mexico at the edge of the Sierra Madres to the town of Alamos within the State of Sonora. Interestingly, the town is about the same size as Pagosa Springs. It is a Spanish Colonial Mining Town founded in 1681 following the discovery of silver in the area. Because of the great wealth created from nearby silver mines, scores of large colonial Spanish mansions were built in the town. Many were destroyed in the early 1900’s before Americans began to rediscover the area in the 1940’s. A number of the families living in Alamos can trace their heritage back to first settlers that came to work the mines.  Presently there are a number of Americans that maintain homes there for the winter months, and a few that live there all year, though I have found the summer heat to be quite intense. Like Pagosa Springs, Alamos has struggled during the recession to continue to attract tourists that are willing to spend money locally. Unlike Pagosa Springs, they have also had to deal with all the negative press relating to the drug wars that continue to plague many parts of the country. Though there has not been any drug violence in Alamos (it is far enough off the cocaine highway) the number of visitors from the U.S. has declined sharply and the town has seen a significant reduction in tourist dollars flowing into its coffers. Still, they work hard to keep their city clean, safe and friendly. They do a good job of promoting Alamos with a series of events scheduled throughout the year. While I was there last month the 28th Annual Festival Alfonso Ortiz Tirado was underway. This is a music and art festival named after a famous opera singer and doctor that was born in Alamos in 1893.

This year performers came from Puerto Rico, Brazil, Cuba, Costa Rica and other Central and South American countries. The following link will take you to the Festival Program Guide- get ready to polish up on your Spanish:  Alamos Festival         The event was attended by loads of Mexican nationals, many from within the region, but many from as far away at Mexico City and Oaxaca. About a third of those attending the festival were foreigners, from Central America, Europe, South America and Gringos like myself from the U.S.  Everything was very well organized, events began and ended on schedule and provided everyone with a fabulous variety of musical performances. Thursday evening the group Puerto Rican Power played for the crowd and had everyone on their feet dancing the salsa:  Friday evening the group Opera Prima Rock performed a two hour tribute to the music of Queen. I was amazed how popular their music was and how many members of the audience knew all the lyrics. The group had everyone on their feet for the encore “We Are the Champions”.

 

OPERA PRIMA ROCK

Saturday evening the Italian Tenor Alessandro Safina performed. In 2007 he recorded a duet with British Soprano Sarah Brightman for her Symphony album and joined her on her Symphony World Tour for 2008 and 2009. His vocals and his orchestra were fabulous. Following his performance,  Callejoneada con la Estudiantina Dr. Alfonso Ortiz Tirado completed the music celebration with all of the musical artists dressed in 17th century Spanish costumes, parading through the streets and alleys of Alamos playing traditional songs and telling stories. This went on until the wee hours of the morning. In all, the experience was wonderful.

Anyway, what I found most interesting is how well attended the Festival was. You had to travel 30 miles west of Alamos to the city of Navajoa to find lodging if you had not made a reservation at least two months earlier. The Festival has been sponsored and coordinated by a group of stakeholders including the Town of Alamos and surrounding communities, the State of Sonora the National Institute of Fine Arts, with commercial financial support from Coca Cola, Corona, and Telmex. This is a festival I would highly recommend to any music and culture lover. The people are warm and friendly, lodging is great within Alamos if you plan ahead. My two favorite lodging facilities in Alamos happen to be owned by Americans: Hacienda de los Santos and Hotel Colonial.

Hacienda de los Santos, one of three pools.

Both of these hotels are exceptional. Within HDLS is the Poncho Villa Cantina, where Poncho Villa stood after entering the town. If you are a Tequilla drinker, you will find over 500 different bottles of the spirit within the bar. If you can’t find one you like, you’d better think about changing drinks!

 

 

Pancho Villa Tequilla Bar at Hacienda de los Santos

Hotel Colonial, Alamos. Janet Anderson, Proprietor.

The restaurants in Alamos are very good and very economical.  I love the food at Hacienda and Las Palmeras is a great spot for lunch or a casual dinner. Terisita’s Panaderia y Bistro is my favorite for a cappuccino and breakfast pastry, a great place to start the day and check email with their WiFi connection.

Outside Seating at Terisita’s Panaderia Y Bistro

 

You can reach the town of Alamos by driving a little over one hour south from Ciudad Obregon, where you can catch a flight from Phoenix on Aero Mexico with a connection in Hermosillo. Alternatively, if you don’t mind a longer and much more economical journey, you can take a first class luxury bus with on board video sets and Wi-Fi from Phoenix or Tucson. While in town I did check out the local real estate scene. Not much had changed from my previous visit in June of last year. A few properties are moving, but very slowly and at prices well below the peak of 2007. Few Americans are buying and many more are trying to sell. Very few Sellers have shown a willingness to greatly reduce their asking prices. Instead, they seem determined to remain patient, a concept that seems more abundant within Mexico.  The decline in buying interest from Americans has, to some extent been partially offset by a renewed interest from Mexican nationals.  It was also interesting to see the increase in Canadians in Alamos.  Alamos Gold of Toronto, Canada owns a huge gold mining and milling operation just west of Alamos which is targeting production in excess of 150,000 ounces of gold for the year, generating gross revenues of over $200 million. Perhaps this investment in the area will create more visitors to Alamos from our northern neighbor. I initiated a discussion with a resident American of creating a Sister City relationship with Pagosa Springs. The Town of Alamos currently has a Sister City relationship with an Arizona community, but nothing with any Colorado towns. It might be a mutually beneficial relationship, given the similarities of the towns. If you think you would enjoy the wonderfully interesting culture of Old Mexico, I highly recommend you consider a visit to Alamos, and I would suggest visiting during the Festival Alfonso Ortiz Tirado in January. Be sure to book your trip early in order to obtain good local lodging.

Quite Street in Alamos at 6:30 a.m.A Quiet Street Scene in Alamos at 6:30 a.m. the day after the end of The Festival.

 


La colección de tequila de la Hacienda está considerada entre las mejores

 

Las ánimas y los espíritus: Álamos en una copa

 

Estamos regresando de un paseo por las calles de Álamos, Sonora, con los pies adoloridos pero sin ganas de soltar ese espíritu de alegría que parece haber tomado posesión de nuestro cuerpo. Para saciar la sed, sacamos la mano para alcanzar algo de tomar. Y, misteriosamente, aparece una botella de tequila.

 

Con la música de la celebración del Festival Cultural Alfonso Ortiz Tirado reverberando aún en nuestros oídos abrimos la botella de Murmullo Añejo, un regalo sorpresa de nuestro anfitrión y el dueño de la Hacienda de los Santos, Jim Swickard.

 

Según Jim, este tequila se debe tomar con calma y en sorbos, sin limón ni sal (él da clases de cómo apreciar un buen tequila). Así que, entre un caballito y otro, nos encontramos intercambiando historias, inspirados por este elixir delicioso y este pueblo embriagador. Entre una copa y otra, escuchamos el paso de las ánimas de Álamos, mezcladas en la brisa y el murmullo de las hojas.

 

La próxima noche nos informan que el tequila no se toma de noche, sino que tradicionalmente lo toman durante el día. Pero lo que descubrimos es que realmente no hay reglas para el consumo de la bebida nacional de México. Quizás porque es simplemente una bebida para ser compartida y saboreada con los amigos, a cualquier hora y en cualquier lugar. Lo cierto es que estar en Sonora tiene sus ventajas.

 

“A veces el tequila que venden fuera de México difiere de lo que dice la etiqueta,” dice Jim, cuya colección de más de 400 botellas de tequila es una de las más grandes en el país. Y, contrario a lo que muchos piensan, no existe el famoso gusano en el fondo de la botella.

 

No es hasta el final de nuestra jornada que nos platican del Bacanora, un licor pre-colonial destilado del agave pero más fuerte que el tequila, y único en el estado de Sonora. Pero no importa. Aquí, sentados junto a la hoguera en esta fresca noche sonorense, nos prometemos a nosotros mismos y a nuestras amigas las ánimas que, algún día, regresaríamos aquí.

 

 

“El Agave Cafe”: Una historia de amor

A dish called Sonora

Wednesday February 15, 2012

They say the way to a man’s heart is through his  stomach. Over four days in Sonora, Mexico, I lost my heart three square meals a  day.

At first, attempting to curb my normal  enthusiasm for new cuisine, I tried to resist the allure of the local  gastronomy, approaching each bite with a coolness normally reserved for a first  date. But with each passing morsel, I felt my guard slip further. So by the end  of our first day together, I was unable to contain my love of all tastes Sonoran.

Sure, I’d flirted with Mexican cuisine before: a  burrito here and there, a taco or two, the odd quesadilla, and arguably the most  un-Mexican of Mexican dishes – nachos. But for the most part, Mexican food  remained a mystery: a cuisine well known, but largely unrealized.

It wasn’t until I landed in Sonora, and lifted  the veil of that first tortilla, that I began to understand what Mexican food was  really about. Yes, there are beans, there is cheese, and there are more forms  of corn than you could poke a Taquito  at. But there is much, much more.

Upon introduction, at the El Agave Café, I gush  over the green and red salsa, which with the creamy guacamole, comes as a  precursor to nearly every meal. Served with a smooth bottle of Pacifica (beer),  this is followed by a fiery tortilla soup (a red chili and cheese broth),  smoking-hot enchiladas (flatbread rolled around a filling and covered with a  hot pepper sauce) and a sweet coconut flan. Not a bad first date.

Then,  less than 24 hours later, we find ourselves sitting down for breakfast, where  traditional refried beans, Huevos Mexicanos (eggs scrambled with salsa) and chilaquiles (Mexican bubble and  squeak) accompany fresh fruit juices. So much for taking it slowly.Later that day, on a walk through the town of  Alamos, I am introduced to the local markets. Here, churros, coyotas (cookies  filled with brown sugar) and sweet pastries – some served from the back of a pick-up  truck – vie for the business of cashed-up, sugar-hungry children. I opt for the  potato chips, doused in fresh lime juice and chili sauce.

Over the next 48 hours, I am seduced by everything  from a light green chili soup to tostadas (a Mexican open-faced ‘sandwich’),  from chile relleno (stuffed peppers) to chimichangas (a deep fried burrito).  But my favourite dish, the one for which I fall hardest, is the tamales (a corn-based  dough, steamed in banana leaves).

 

And then, with a heavy heart, and full stomach, my journey through Sonora is suddenly over.

But as I overlook the Gulf of California from the village of San Carlos, with tasty tamarind margarita in hand, I realize that this is a love affair that will linger on.

 

For more information on Sonora, and Mexico,  visit: www.visitmexico.com.

 

 

 

Un plato llamado Sonora

Miércoles 15 de febrero de 2012

Dicen que el amor entra por la cocina. En los cuatros días que estuve en Sonora, México, quedé enamorada en tres comidas al día.

 

En un intento de frenar mi entusiasmo normal por una cocina desconocida, al principio quise resistir el encanto de esta gastronomía local. Saboreaba cada bocado con la imparcialidad que acostumbro mantener en una primera cita. Sin embargo, con cada cucharada, sentía que mis defensas se desmoronaban. Al cierre del primer día juntos, mi amor por la comida sonorense era un hecho.

 

Claro que ya había coqueteado en uno que otro momento con la comida mexicana: un burrito por aquí, un taco por allá, una que otra quesadilla y luego ese platillo que realmente nada tiene que ver con México, los nachos. Sin embargo, la comida mexicana seguía siendo un misterio para mi; era una cocina conocida, pero no vivida.

 

No fue hasta que aterricé en Sonora y levanté el velo de esa primera tortilla que empecé a comprender exactamente de qué trataba esta famosa comida mexicana. Sí, hay frijoles, hay queso y hay más clases de maíz de lo que uno se imagina. Pero la cocina mexicana es mucho más complicada.

 

En mi primer día en El Agave Café me presentaron una salsa roja y una verde, cual de las dos más deliciosas. Éstas, junto con un rico guacamole, se sirven de aperitivo antes de casi todas las comidas en el café. Lo disfruté todo con una botella de cerveza Pacífica, y acto seguido me tomé una picosa sopa de tortilla, unas enchiladas acabadas de salir del horno y un dulce flan de coco. Nada mal para ser nuestra primera cita.

 

Entonces, a menos de 24 horas, nos encontramos sentados frente a la mesa para el desayuno con los tradicionales frijoles refritos, los huevos mexicanos y los chilaquiles, acompañados por jugos de fruta fresca. Y eso que lo iba a tomar con calma. Esa tarde salí a caminar por el pueblo de Álamos y me presentaron los mercados locales. Aquí, los churros, las coyotas y el pan dulce (algunos a la venta desde la cajeula de una camioneta) compiten por el negocio de los chiquillos con dinero y en pos de azúcar. Yo opté por las papitas con jugo de limón y chile.

 

Durante las próximas 48 horas, me sedujo una sopa de chile verde, seguida de unas tostadas, un chile relleno y una chimichanga. Pero mi plato favorito, por encima de todos, fue un plato de tamales.

 

Y así, de repente, se acabó mi jornada en Sonora, y me fui con el corazón encogido pero la barriga contenta.

 

Ahora bien, aquí estoy sentada ahora observando el Mar de Cortés desde el pueblo de San Carlos con una rica margarita de tamarindo en mano, y me voy dando cuenta que ésta es una historia de un amor que perdura…

 

Para más información de Sonora, y de México, visite: www.visitmexico.com.

 

 

Un plato llamado Sonora

Miércoles 15 de febrero de 2012

Dicen que el amor entra por la cocina. En los cuatros días que estuve en Sonora, México, quedé enamorada en tres comidas al día.

 

En un intento de frenar mi entusiasmo normal por una cocina desconocida, al principio quise resistir el encanto de esta gastronomía local. Saboreaba cada bocado con la imparcialidad que acostumbro mantener en una primera cita. Sin embargo, con cada cucharada, sentía que mis defensas se desmoronaban. Al cierre del primer día juntos, mi amor por la comida sonorense era un hecho.

 

Claro que ya había coqueteado en uno que otro momento con la comida mexicana: un burrito por aquí, un taco por allá, una que otra quesadilla y luego ese platillo que realmente nada tiene que ver con México, los nachos. Sin embargo, la comida mexicana seguía siendo un misterio para mi; era una cocina conocida, pero no vivida.

 

No fue hasta que aterricé en Sonora y levanté el velo de esa primera tortilla que empecé a comprender exactamente de qué trataba esta famosa comida mexicana. Sí, hay frijoles, hay queso y hay más clases de maíz de lo que uno se imagina. Pero la cocina mexicana es mucho más complicada.

 

En mi primer día en El Agave Café me presentaron una salsa roja y una verde, cual de las dos más deliciosas. Éstas, junto con un rico guacamole, se sirven de aperitivo antes de casi todas las comidas en el café. Lo disfruté todo con una botella de cerveza Pacífica, y acto seguido me tomé una picosa sopa de tortilla, unas enchiladas acabadas de salir del horno y un dulce flan de coco. Nada mal para ser nuestra primera cita.

 

Entonces, a menos de 24 horas, nos encontramos sentados frente a la mesa para el desayuno con los tradicionales frijoles refritos, los huevos mexicanos y los chilaquiles, acompañados por jugos de fruta fresca. Y eso que lo iba a tomar con calma. Esa tarde salí a caminar por el pueblo de Álamos y me presentaron los mercados locales. Aquí, los churros, las coyotas y el pan dulce (algunos a la venta desde la cajeula de una camioneta) compiten por el negocio de los chiquillos con dinero y en pos de azúcar. Yo opté por las papitas con jugo de limón y chile.

 

Durante las próximas 48 horas, me sedujo una sopa de chile verde, seguida de unas tostadas, un chile relleno y una chimichanga. Pero mi plato favorito, por encima de todos, fue un plato de tamales.

 

Y así, de repente, se acabó mi jornada en Sonora, y me fui con el corazón encogido pero la barriga contenta.

 

Ahora bien, aquí estoy sentada ahora observando el Mar de Cortés desde el pueblo de San Carlos con una rica margarita de tamarindo en mano, y me voy dando cuenta que ésta es una historia de un amor que perdura…

 

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