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“El Agave Cafe”: Una historia de amor

A dish called Sonora

Wednesday February 15, 2012

They say the way to a man’s heart is through his  stomach. Over four days in Sonora, Mexico, I lost my heart three square meals a  day.

At first, attempting to curb my normal  enthusiasm for new cuisine, I tried to resist the allure of the local  gastronomy, approaching each bite with a coolness normally reserved for a first  date. But with each passing morsel, I felt my guard slip further. So by the end  of our first day together, I was unable to contain my love of all tastes Sonoran.

Sure, I’d flirted with Mexican cuisine before: a  burrito here and there, a taco or two, the odd quesadilla, and arguably the most  un-Mexican of Mexican dishes – nachos. But for the most part, Mexican food  remained a mystery: a cuisine well known, but largely unrealized.

It wasn’t until I landed in Sonora, and lifted  the veil of that first tortilla, that I began to understand what Mexican food was  really about. Yes, there are beans, there is cheese, and there are more forms  of corn than you could poke a Taquito  at. But there is much, much more.

Upon introduction, at the El Agave Café, I gush  over the green and red salsa, which with the creamy guacamole, comes as a  precursor to nearly every meal. Served with a smooth bottle of Pacifica (beer),  this is followed by a fiery tortilla soup (a red chili and cheese broth),  smoking-hot enchiladas (flatbread rolled around a filling and covered with a  hot pepper sauce) and a sweet coconut flan. Not a bad first date.

Then,  less than 24 hours later, we find ourselves sitting down for breakfast, where  traditional refried beans, Huevos Mexicanos (eggs scrambled with salsa) and chilaquiles (Mexican bubble and  squeak) accompany fresh fruit juices. So much for taking it slowly.Later that day, on a walk through the town of  Alamos, I am introduced to the local markets. Here, churros, coyotas (cookies  filled with brown sugar) and sweet pastries – some served from the back of a pick-up  truck – vie for the business of cashed-up, sugar-hungry children. I opt for the  potato chips, doused in fresh lime juice and chili sauce.

Over the next 48 hours, I am seduced by everything  from a light green chili soup to tostadas (a Mexican open-faced ‘sandwich’),  from chile relleno (stuffed peppers) to chimichangas (a deep fried burrito).  But my favourite dish, the one for which I fall hardest, is the tamales (a corn-based  dough, steamed in banana leaves).

 

And then, with a heavy heart, and full stomach, my journey through Sonora is suddenly over.

But as I overlook the Gulf of California from the village of San Carlos, with tasty tamarind margarita in hand, I realize that this is a love affair that will linger on.

 

For more information on Sonora, and Mexico,  visit: www.visitmexico.com.

 

 

 

Un plato llamado Sonora

Miércoles 15 de febrero de 2012

Dicen que el amor entra por la cocina. En los cuatros días que estuve en Sonora, México, quedé enamorada en tres comidas al día.

 

En un intento de frenar mi entusiasmo normal por una cocina desconocida, al principio quise resistir el encanto de esta gastronomía local. Saboreaba cada bocado con la imparcialidad que acostumbro mantener en una primera cita. Sin embargo, con cada cucharada, sentía que mis defensas se desmoronaban. Al cierre del primer día juntos, mi amor por la comida sonorense era un hecho.

 

Claro que ya había coqueteado en uno que otro momento con la comida mexicana: un burrito por aquí, un taco por allá, una que otra quesadilla y luego ese platillo que realmente nada tiene que ver con México, los nachos. Sin embargo, la comida mexicana seguía siendo un misterio para mi; era una cocina conocida, pero no vivida.

 

No fue hasta que aterricé en Sonora y levanté el velo de esa primera tortilla que empecé a comprender exactamente de qué trataba esta famosa comida mexicana. Sí, hay frijoles, hay queso y hay más clases de maíz de lo que uno se imagina. Pero la cocina mexicana es mucho más complicada.

 

En mi primer día en El Agave Café me presentaron una salsa roja y una verde, cual de las dos más deliciosas. Éstas, junto con un rico guacamole, se sirven de aperitivo antes de casi todas las comidas en el café. Lo disfruté todo con una botella de cerveza Pacífica, y acto seguido me tomé una picosa sopa de tortilla, unas enchiladas acabadas de salir del horno y un dulce flan de coco. Nada mal para ser nuestra primera cita.

 

Entonces, a menos de 24 horas, nos encontramos sentados frente a la mesa para el desayuno con los tradicionales frijoles refritos, los huevos mexicanos y los chilaquiles, acompañados por jugos de fruta fresca. Y eso que lo iba a tomar con calma. Esa tarde salí a caminar por el pueblo de Álamos y me presentaron los mercados locales. Aquí, los churros, las coyotas y el pan dulce (algunos a la venta desde la cajeula de una camioneta) compiten por el negocio de los chiquillos con dinero y en pos de azúcar. Yo opté por las papitas con jugo de limón y chile.

 

Durante las próximas 48 horas, me sedujo una sopa de chile verde, seguida de unas tostadas, un chile relleno y una chimichanga. Pero mi plato favorito, por encima de todos, fue un plato de tamales.

 

Y así, de repente, se acabó mi jornada en Sonora, y me fui con el corazón encogido pero la barriga contenta.

 

Ahora bien, aquí estoy sentada ahora observando el Mar de Cortés desde el pueblo de San Carlos con una rica margarita de tamarindo en mano, y me voy dando cuenta que ésta es una historia de un amor que perdura…

 

Para más información de Sonora, y de México, visite: www.visitmexico.com.

 

 

Un plato llamado Sonora

Miércoles 15 de febrero de 2012

Dicen que el amor entra por la cocina. En los cuatros días que estuve en Sonora, México, quedé enamorada en tres comidas al día.

 

En un intento de frenar mi entusiasmo normal por una cocina desconocida, al principio quise resistir el encanto de esta gastronomía local. Saboreaba cada bocado con la imparcialidad que acostumbro mantener en una primera cita. Sin embargo, con cada cucharada, sentía que mis defensas se desmoronaban. Al cierre del primer día juntos, mi amor por la comida sonorense era un hecho.

 

Claro que ya había coqueteado en uno que otro momento con la comida mexicana: un burrito por aquí, un taco por allá, una que otra quesadilla y luego ese platillo que realmente nada tiene que ver con México, los nachos. Sin embargo, la comida mexicana seguía siendo un misterio para mi; era una cocina conocida, pero no vivida.

 

No fue hasta que aterricé en Sonora y levanté el velo de esa primera tortilla que empecé a comprender exactamente de qué trataba esta famosa comida mexicana. Sí, hay frijoles, hay queso y hay más clases de maíz de lo que uno se imagina. Pero la cocina mexicana es mucho más complicada.

 

En mi primer día en El Agave Café me presentaron una salsa roja y una verde, cual de las dos más deliciosas. Éstas, junto con un rico guacamole, se sirven de aperitivo antes de casi todas las comidas en el café. Lo disfruté todo con una botella de cerveza Pacífica, y acto seguido me tomé una picosa sopa de tortilla, unas enchiladas acabadas de salir del horno y un dulce flan de coco. Nada mal para ser nuestra primera cita.

 

Entonces, a menos de 24 horas, nos encontramos sentados frente a la mesa para el desayuno con los tradicionales frijoles refritos, los huevos mexicanos y los chilaquiles, acompañados por jugos de fruta fresca. Y eso que lo iba a tomar con calma. Esa tarde salí a caminar por el pueblo de Álamos y me presentaron los mercados locales. Aquí, los churros, las coyotas y el pan dulce (algunos a la venta desde la cajeula de una camioneta) compiten por el negocio de los chiquillos con dinero y en pos de azúcar. Yo opté por las papitas con jugo de limón y chile.

 

Durante las próximas 48 horas, me sedujo una sopa de chile verde, seguida de unas tostadas, un chile relleno y una chimichanga. Pero mi plato favorito, por encima de todos, fue un plato de tamales.

 

Y así, de repente, se acabó mi jornada en Sonora, y me fui con el corazón encogido pero la barriga contenta.

 

Ahora bien, aquí estoy sentada ahora observando el Mar de Cortés desde el pueblo de San Carlos con una rica margarita de tamarindo en mano, y me voy dando cuenta que ésta es una historia de un amor que perdura…

 

Para más información de Sonora, y de México, visite: www.visitmexico.com.

 

 

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